
(Reflexiones a partir de una idea de Alberto Campo Baeza)
“La arquitectura es como el arroz”. La frase, atribuida a Alberto Campo Baeza, encierra una verdad incómoda para el mundo contemporáneo: las cosas bien hechas necesitan tiempo, método y un ritmo preciso. Ni antes ni después. Ni rápido por ansiedad ni lento por descuido. Exactamente el tiempo que corresponde. En arquitectura, como en la cocina, el resultado depende del respeto por el proceso.
Este artículo explora esa idea y la traslada al contexto actual de la construcción de viviendas —especialmente en ciudades complejas— donde la prisa, la improvisación y la banalización del oficio han generado una “arquitectura de usar y tirar”. Frente a ello, reivindicamos el tiempo del proyecto como condición indispensable para construir bien.
El tiempo exacto: ni duro ni blando
Un arroz cocinado cinco minutos sale duro. Uno abandonado al fuego media hora termina blando. El arroz correcto exige atención, paciencia y técnica. La arquitectura funciona igual. Un proyecto apresurado conduce a errores de concepto; uno sin control deriva en sobrecostos y soluciones mediocres.
En arquitectura, el “tiempo” no es solo duración cronológica. Es tempo: el orden y la cadencia con que se toman decisiones. Es saber cuándo analizar, cuándo decidir y cuándo construir. Saltarse etapas equivale a arruinar el plato.
El tiempo del estudio: comprender antes de dibujar
Toda buena arquitectura comienza con estudio y análisis. Conocer el lugar, la normativa, el clima, la topografía, el presupuesto y, sobre todo, la vida que se quiere habitar. Sin esta fase, el diseño se convierte en una imagen bonita sin sustancia.
El estudio es el primer hervor. Allí se identifican restricciones y oportunidades. Se evita improvisar soluciones costosas y se construye un marco de decisiones coherente. Diseñar sin estudiar es cocinar sin ingredientes claros.
El tiempo de la reflexión: llegar a una síntesis
Tras el análisis, viene la reflexión. Aquí no se trata de producir más dibujos, sino de pensar mejor. La arquitectura exige síntesis: reducir lo complejo a lo esencial. Decidir qué se hace y, sobre todo, qué no.
La reflexión evita el ruido formal y los gestos innecesarios. Permite que la estructura, el espacio y la luz trabajen juntos. La buena arquitectura no grita; se explica sola. Como un arroz bien hecho: simple, preciso, contundente.
El tiempo de la construcción: ejecutar sin traicionar el proyecto
Un proyecto bien pensado requiere un tiempo adecuado de construcción. Ni acelerado por cronogramas irreales ni alargado por desorden. La ejecución es el momento de respetar el proyecto, no de corregirlo.
Cuando el diseño llega incompleto a la obra, la construcción se vuelve un campo de improvisaciones. Cada cambio cuesta dinero, tiempo y calidad. La obra no es el lugar para “pensar” el proyecto; es el lugar para materializarlo.
La arquitectura del Kleenex: usar y tirar
Si todo esto es tan evidente, ¿por qué se construye tan mal? Porque vivimos en la era de la prisa. De la imagen inmediata. De la rentabilidad a corto plazo. Se levantan edificios “sólidos”, incluso bien ejecutados, pero conceptualmente vacíos.
Es la arquitectura del Kleenex: se usa, se descarta, se reemplaza. Obras concebidas como churros, firmadas sin convicción, pensadas para una sociedad que ha normalizado la mediocridad. Se confunde construir con hacer arquitectura.
Comerciantes con título y una sociedad indiferente
Campo Baeza es crítico con una figura incómoda: el “comerciante con título”. Profesionales que desprecian el tiempo del proyecto y reducen la arquitectura a un producto. Pero esta figura no existe sola. Responde a una sociedad que también ha dejado de valorar la arquitectura.
Cuando el alimento espiritual son los culebrones y el material es la comida rápida, la arquitectura se convierte en un trámite. No se exige calidad porque no se sabe reconocerla. La ignorancia no es culpable, pero sí costosa.
Arquitectura, poesía y arroz
La analogía es profunda: un buen arroz es barato, accesible y delicioso. La poesía puede decirlo todo con dos palabras. La buena arquitectura es sencilla, pero no simple. Requiere oficio, conocimiento y tiempo.
No se trata de lujo ni de extravagancia. Se trata de hacer bien lo esencial. Un espacio bien orientado, una estructura lógica, una luz pensada. Decisiones silenciosas que mejoran la vida cotidiana.
Construir hoy: la vigencia de la metáfora
En la vivienda contemporánea —especialmente en contextos urbanos complejos— la metáfora del arroz es más vigente que nunca. La presión por construir rápido, barato y “como sea” conduce a errores que se pagan durante décadas.
Invertir tiempo en proyecto es ahorrar tiempo y dinero en obra. Es proteger el patrimonio. Es garantizar habitabilidad. Es respetar a quien va a vivir allí. El tiempo del proyecto no es un retraso; es una inversión.
Elegir el camino: arquitecto o improvisación
Esta reflexión también es un filtro. No todos buscan lo mismo, y eso está bien. Quien desea rapidez sin reflexión encontrará soluciones improvisadas. Quien busca arquitectura de verdad entenderá que el tiempo es parte del valor.
Como con el arroz:
Si quieres comer bien, respetas el proceso.
Si quieres arquitectura, respetas el tiempo.
Conclusión: el tempo de lo bien hecho
La arquitectura, como el arroz, exige atención, método y respeto. No admite atajos sin consecuencias. En un mundo acelerado, defender el tiempo del proyecto es un acto casi revolucionario.
Porque al final, todo es sencillo.
Tan sencillo como cocinar bien.
Tan sencillo como pensar antes de construir.
Tan sencillo como hacer arquitectura.